Hace unas semanas vi en Youtube un vídeo de Richard Dawkins que con el símil de una tetera mostraba la irracionalidad de creer en la existencia de un dios.
Poco después me encontré con que el origen de este argumento procede de Bertrand Russell, filósofo-sociólogo-matemático (y mil cosas más) británico que entre muchos otros libros publicó una muy conocida obra titulada Por qué no soy cristiano. Por si os suena.
La tetera de Russell es parte de un artículo no publicado, y dice lo siguiente:
“Si yo sugiriera que entre la Tierra y Marte hay una tetera de porcelana que gira alrededor del Sol en una órbita elíptica, nadie podría refutar mi aseveración, siempre que me cuidara de añadir que la tetera es demasiado pequeña como para ser vista aún por los telescopios más potentes. Pero si yo dijera que, puesto que mi aseveración no puede ser refutada, dudar de ella es de una presuntuosidad intolerable por parte de la razón humana, se pensaría con toda razón que estoy diciendo tonterías. Sin embargo, si la existencia de tal tetera se afirmara en libros antiguos, si se enseñara cada domingo como verdad sagrada, si se instalara en la mente de los niños en la escuela, la vacilación para creer en su existencia sería un signo de excentricidad, y quien dudara merecería la atención de un psiquiatra en un tiempo iluminado, o la del inquisidor en tiempos anteriores.”
Fuente: Wikipedia
El texto completo en inglés se puede consultar aquí. En él usa el argumento de la tetera frente a las corrientes modernistas del protestantismo, irracionalistas, que ponen el acento en el sentimiento rechazando la necesidad de cualquier razonamiento de la fe. Sin embargo, más allá de criticar lo particular de un movimiento social-espiritual, es en su mayoría extensible al cristianismo y a casi cualquier religión actual.
En ese sentido lo oí y leí hasta que llegué al artículo completo: crítica extensible a toda la religión. Dawkins, tal vez centrado en el ambiente americano del que proviene, no menciona tampoco un limite al alcance de la crítica.
Un argumento similar me dio hace tiempo ya un amigo, diciendo que si era cuestión de que no se puede demostrar la inexistencia de Dios tampoco deberíamos rechazar la existencia de un pato mágico invisible en la habitación. En el momento no recuerdo qué le respondí, pero sí recuerdo que me pareció una respuesta incompleta.
De cualquier modo, estemos de un lado o del otro, la respuesta a esta pregunta tiene aspectos interesantes. Qué es la religión, de qué manera se mantiene, y qué pinta un dios en todo esto.
Como más visible está el argumento de la definición negativa: es cierto que las cosas se definen en positivo. No se puede basar un argumento en lo imposible de demostrar lo contrario. Sobre todo en el caso de Dios, que por escapar a lo físico no es científicamente alcanzable, y por tanto no se puede rechazar científicamente. Sería un requisito imposible de cumplir.
Hasta ahí, me parece que la metáfora ha funcionado para hacernos ver lo absurdo de algunos argumentos a favor de la existencia de un dios. Si lo queremos llevar más allá, cosa que no sé si era intención de Russell, las cosas cambian.
Considero que falla la propia elección del símil. Dios no sería en ningún caso comparable a una tetera. Ningún dios lo sería. Para empezar, porque la tetera no es trascendente sino simplemente un objeto. Un objeto sin repercusiones ni vínculo alguno con nuestro mundo. El origen de la creencia sería arbitrario: alguien dice algo y se monta una religión porque sí. En fin, ninguna religión se ha iniciado así.
Es más, toda religión es una respuesta. El ser humano recibe una comunicación a la que responde con fe y reconociendo tras ella algo trascendente y superior. Incluso al adorar las fuerzas de la naturaleza, el ser humano ve en su manifestación lo sobrenatural y responde con adoración. En otros casos, se percibe, a través de sentimientos, recuerdos o sueños la presencia de alguien muerto, y se atribuye a los espíritus. También una experiencia mística, un sueño, el influjo de drogas o la enfermedad puede hacer que una persona experimente el contacto con algo superior. Y en otros casos se habla de una revelación. En cualquiera de estos casos, la religión es siempre una respuesta. En el ser humano está la búsqueda, la pregunta sin resolver, la predisposición a responder. Pero sin estímulo inicial, no hay respuesta posible, la fe no es un desahogo arbitrario. Y una tetera no se comunica.
En cuanto a qué nos dice esto de quién sería el dios… para Russell se deja ver que la definición de un dios es algo ajeno, sin comunicación, que recibe inmutable y pasivamente la fe de quien ha tenido a bien tenerlo en cuenta. Muy relacionado con el párrafo anterior. Ninguna religión propone seres metafísicos desconectados del mundo. En unos casos influyen en el funcionamiento del mundo que nos rodea, en otros son parte de nosotros o influyen en nosotros, o ambos. Pero los dioses siempre tienen algo que ver con el mundo en que vivimos y están presentes en él.
Es también llamativa la elección de un objeto humano y no, pongamos, un cristal de cuarzo, o de cloruro sódico, o un pedrusco llamativo, o una bolita de gas. O una comadreja, da igual, el caso es que fuera algo natural. En el ejemplo de pato que usó mi amigo no se aplica esto, cierto, pero ahora nos metemos en el pensamiento de Russell. Considerar que algo producido por el ser humano sería un dios. Si los humanos pueden producirlo ¿es el dios superior a sus creyentes? ¿Por qué adorar a algo de lo que eres tú creador? Un ateo considera que el dios de los creyentes es un producto del ser humano, claro. Pero un creyente no lo considera así. Nunca un creyente coloca a su dios como algo inferior a sí mismo. Algo que tú creas también podrías destruirlo, con lo que el dios en realidad no tendría autoridad con más legitimidad que la que sus creyentes le otorguen en cada momento bajo amenaza de destrucción. Eso no es un dios, sino un siervo metafísico. Un amigo imaginario.
Aun siendo esto lo principal, también se exponen otros argumentos acerca de la existencia (o no) de un dios.
Uno de ellos es el de escapar de la ciencia. A lo largo de la historia, los avances de la ciencia han alertado a las religiones. Tendemos a colocar en categorías conocidas lo divino, por lo que hay una sensación de que la ciencia pretende destruirlo al decir “aquí no se ha encontrado”. El misterio desvelado. La vinculación del misterio con lo metafísico hace que, al pasar al plano de lo explicable, parezca morir un pedazo de ese mundo incognoscible. Y cuando Russell refugia a la tetera en un lugar inalcanzable saca este aspecto a escena. En la versión de mi amigo, podría decir que es un pato que vive en otra dimensión paralela o simplemente evita el contacto y por tanto no se le puede tocar. Es verdad que se ha visto muchas veces este argumento o algo parecido en los creyentes, y es especialmente visible en la lucha antievolucionista americana en la que Dawkins se alza como defensor del evolucionismo.
Y, aun a riesgo de que parezca precisamente caer en el mismo error que reconozco, al menos el dios judeo-cristiano-musulmán no es de la categoría “cosas”. No es una tetera, ni un señor barbudo sentado en una nube, ni un ojo en un triángulo. Lo material se ha colocado siempre en el campo de lo perecedero, vulnerable, cambiante. Imperfecto. Por eso ni siquiera los animados y muy humanos dioses griegos estaban atados a las formas, aunque poseían una forma “base” la mayor parte del tiempo. Los dioses, o al menos los que conozco, son metafísicos. No comparten nuestra existencia ni ataduras, y por tanto el simple hecho de poner al descubierto un rincón nuevo de nuestro mundo ni lo sustrae de su influencia ni puede mostrar su ausencia. Si acaso podría demostrar que no conocemos completamente al supuesto dios. Del mismo modo que no deberíamos esperar que un descubrimiento científico demostrase empíricamente la existencia de un dios.
También nos encontramos con el argumento de la tradición. Coincide con una de las justificaciones puras de legitimidad de las que Max Weber nos habla (gran tipo, ya haré algún artículo de él). La tradición y la respetabilidad de lo antiguo impulsan de forma innata al ser humano a aceptarlo o seguirlo. En este punto podríamos extendernos mucho, pero sería muy complicado y engorroso. Tal vez en otra ocasión. Pero tampoco las religiones colocan a sus dioses como algo del pasado. Si así fuese, los dioses podrían no existir ya, o darles igual lo que ocurra con el mundo.
Los dioses suelen aparecer con acciones mucho más espectaculares, eso sí, en remotos pasados.
Podría ser fruto de la fantasía o la deformación del tiempo (opción 1), del desconocimiento en aquellos tiempos del funcionamiento del mundo físico (opción 2, relacionado con lo anterior sobre el dios físico) o una disposición mayor al asombro de los pueblos tempranos (opción 3). Tal vez haya más opciones, pero no se me ocurren ahora. Lo más importante es que todas ellas dejan la puerta abierta a no creer en lo que se nos dice en la tradición. La otra cara de la moneda sería aceptar que no tiene por qué ser mentira, o no todo cuestionable, y no necesariamente con ingenuidad tonta. Pero ahí nos metemos en el campo de la historia y la fiabilidad de las fuentes.
El caso es que las religiones, para decidir en este ámbito (porque tampoco son tontos a pesar de lo que muchos afirman) inciden en que los fieles tienen que experimentar lo divino en el presente, de una u otra forma. Ni la tradición es lo único que hay, ni lo demás son detalles accesorios, sino una parte importante. La tradición apoya a lo actual, y viceversa. Cosa que no se refleja en absoluto en ejemplo de la tetera, que, como dije, está desconectada del mundo. Podría referirse al estricto literalismo de algunas ramas protestantes, pero aun así éstas inciden en la vivencia de la fe.
También aparece la presuntuosidad como argumento usado contra el que niega la divinidad. Si tomamos negar la existencia de un dios como modo de suplantarlo, tal vez lo sería. La negación tajante sin duda sería algo presuntuosa porque en último término tampoco se puede afirmar tal cosa con certeza completa (esto es un bucle con el uso de la demostración en negativo: no sirve para afirmar la existencia el hecho de no poder confirmar la inexistencia, pero tampoco se puede usar para descartar a un dios). La duda no es presuntuosa, la negación tajante… un poco. Excesiva en cualquier caso, igual que una fe acrítica y ciega.
Hemos visto que la fe no es un capricho arbitrario, que es algo que llama en el interior de los creyentes. Que tiene una base. Y que ha sido sometida a las preguntas ¿quién es? y ¿qué quiere? innumerables veces. Se ha pensado y repensado, aunque siempre hay un salto de la razón a la fe, basado en la confianza. Tampoco la fe es una certeza absoluta, pero desde luego está pensada. Así se reconoce y explica en el texto original, remarcando que la irracionalidad se atribuye al modernismo protestante. Sin embargo, fuera de éste siempre he visto a la tetera de Russell usada contra todos, y… no es cierto. Es simplista y, ahí sí, arrogante ignorarlo pretendiendo desmontarlo todo con un sofisma. Algo así como “la fe es irracional y punto, me libro de argumentar nada”.
De haber querido afinar más la metáfora tal vez Russell no hubiese elegido algo a lo que se puedan sacar tantos matices. Desde luego el hombre conocía estos otros aspectos de la religión.
Sí me pareció oportuno y relevante, a pesar de lo que acabo de decir, comentar todos estos detalles. Por un lado, aun siendo (si lo son) involuntarios muestran más de lo que parece acerca del pensamiento de la gente. No comentarlos también sería algo así como callar y otorgar. Aceptar que las definiciones son correctas , cosa que es un vicio radical de muchísimos debates, sobre todo de los más trascendentes. Curiosamente.
Tampoco este artículo de mi humilde blog propongo algo en positivo. Critico un documento en este caso de Russell, pero aportar teorías nuevas sería increíblemente largo. Ya habrá más artículos sobre eso. Éste ya es lo suficientemente largo, ¿no creéis?